Elementor #2164
21/10/2026/
¿Cuánto tiempo llevamos cobrando el mismo penalti? Hay decisiones que pertenecen al pasado, pero que seguimos juzgando como si todavía…
Hay decisiones que pertenecen al pasado, pero que seguimos juzgando como si todavía pudiéramos cambiarlas. ¿Qué nos impide dejar de condenar a la persona que fuimos?
A veces imagino a una persona que, cada vez que recuerda una decisión tomada muchos años atrás, utiliza la misma expresión:
—Si pudiera volver a ese día…
No sabemos —y tampoco importa saberlo— qué decisión tomó. Podría haber sido cualquiera de esas que, en algún momento, nos obligan a escoger un camino y renunciar a otros, como cambiar de ciudad, aceptar un trabajo, dejarlo, quedarse, irse, decir que sí o decir que no. Hay decisiones que, mientras las tomamos, parecen una elección entre dos posibilidades. Años después, algunas llegan a parecernos una sentencia.
Lo importante no es la decisión en sí misma, sino lo que ocurrió después.
Porque, tantos años más tarde, aquella persona sigue viviendo frente a la misma portería. La vida ha continuado, los años han pasado, las personas, los lugares y las circunstancias han cambiado; y sin embargo, para ella, una parte de su vida parece seguir detenida allí, frente a aquel punto de la cancha, frente a aquel instante. Como si la vida le hubiera permitido continuar, pero no le hubiera concedido el derecho a abandonar aquel día.
Y quizás cada uno de nosotros hace algo parecido más veces de las que pensamos.
Tomamos una decisión con la información que tenemos, con el miedo que sentimos, con las posibilidades que existen y con lo que creemos que podemos soportar. También decidimos con lo que sabemos y, sobre todo, con aquello que ignoramos. Después pasa el tiempo, conocemos el resultado y empezamos a juzgar aquella decisión utilizando información que la persona que éramos —aquella que decidió— no tenía.
Nos preguntamos cómo no lo vimos, por qué hicimos aquello o cómo pudimos equivocarnos así. Como si en ese momento hubiéramos sabido lo que sabemos hoy. Como si hubiéramos podido ver el futuro. Como si no hubiéramos tenido miedo, como si no hubiéramos tenido responsabilidades o como si no hubiéramos estado intentando hacer lo mejor que podíamos con las herramientas que teníamos.
Y lo hacemos con nosotros mismos todo el tiempo. Miramos al hombre o a la mujer que fuimos hace diez, quince o veinte años y nos preguntamos cómo pudo equivocarse de aquella manera. A veces olvidamos que esa persona no contaba con la experiencia que hemos acumulado desde entonces. Tampoco conocía las consecuencias que tendría su decisión ni podía anticipar todas las circunstancias que vendrían después.
En cierto sentido, nos convertimos en jueces de una persona que ya no somos.
Por eso hay una pregunta de El síndrome del pateador de penaltis que me acompaña especialmente:
¿Qué nos duele más: haber tomado una decisión equivocada o seguir condenándonos por ella?
Tal vez las dos cosas duelan. Pero hay una diferencia: una decisión pertenece a un momento; la condena puede acompañarnos durante años.
Y esto no sucede solamente en nuestra vida personal. También ocurre en las organizaciones. Sucede con un proyecto que no funcionó, con una contratación que terminó mal, con una decisión que produjo un resultado inesperado o con un equipo que no alcanzó el objetivo. Cuando ya conocemos el desenlace, resulta muy fácil mirar hacia atrás y construir una explicación perfecta. Lo difícil es recordar que, en el momento de decidir, nadie tenía el guion completo.
No se trata de negar los errores ni de convertir cualquier decisión equivocada en una decisión correcta. Aprender de lo que salió mal es necesario; asumir las consecuencias también lo es. Pero una cosa es revisar una decisión para comprender qué podemos hacer mejor la próxima vez y otra muy distinta es utilizarla para condenarnos indefinidamente o para reducir a una persona a su peor resultado.
Quizás por eso una de las conversaciones más necesarias dentro de un equipo no sea únicamente preguntarnos qué hicimos mal. A veces también necesitamos preguntarnos qué sabíamos entonces, qué posibilidades teníamos y qué circunstancias no podíamos prever. Y hay una pregunta todavía más importante: ¿cómo queremos tratar a las personas que tuvieron que decidir sin conocer el final?
La respuesta no consiste en dejar de exigir responsabilidades. Consiste en comprender que la responsabilidad y la condena permanente no son lo mismo.
Hay decisiones que no podemos cambiar. Hay partidos que no se pueden volver a jugar y penaltis que ya fueron cobrados. Pero quizás todavía podamos hacer algo con la persona que quedó después de aquel instante. Podemos aprender de lo ocurrido sin convertirlo en la única historia que contamos sobre nosotros mismos. Podemos aceptar que, con lo que sabemos hoy, quizá elegiríamos de otra manera, sin olvidar que entonces decidimos desde otro lugar.
Tal vez haya llegado el momento de dejar de vivir frente a la misma portería. No porque aquello que ocurrió carezca de importancia, sino porque nuestra vida merece algo más que una repetición interminable de aquel partido.
Quizá podamos recordar lo sucedido, comprenderlo y seguir caminando.
Porque hay decisiones que no podemos cambiar, pero todavía podemos cambiar la manera en la que vivimos después de ellas.
21/10/2026/
¿Cuánto tiempo llevamos cobrando el mismo penalti? Hay decisiones que pertenecen al pasado, pero que seguimos juzgando como si todavía…