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Solo vi ruinas, y lloré.

La maleza cubría lo que antes fueran calles; la yerba subía a las aceras como espumas verdes de mar, de un mar triste, de un mal mar. De las antiguas paredes de las casas de barro amasado con boñiga, sobresalían las varas de bahareque como dedos carcomidos buscando rascarle la barriga al cielo. Eso era todo, no había más.

¡Oh, sí! Perdón. Sí había otra cosa. Soledad.

Y como queriendo arrancar de mi alma el estúpido sentimentalismo que me embargaba, volví a mirar. Esta vez más despacio y con más calma…

Pero solo vi ruinas, y lloré.

Y maldije y me maldije por ser tan frágil. ¿No me había enseñado el mundo que los fuertes no lloran?, ¿que los sentimientos son solo la puerca basura de los incapaces, de los perdedores?

Respiré profundo, contraje el alma en la garganta, la arrastré despacio hasta adormilarla en el cuenco suave de mi lengua y luego, estrangulando los pulmones, abrí los labios y la mandé lejos. Pero luego abrí los ojos y miré al mundo…

Y solo vi ruinas, y lloré.

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