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De las aguas mansas, líbranos señor.

Los involucraron en algo en lo que no tenían nada que ver.

Se atrevieron a utilizarlos para conseguir sus fines.

Abusaron de su confianza y jugaron con su honra.

Creyeron que sería fácil aprovecharse de ellos porque era un grupo de jóvenes que no encajaba en la sociedad, unos seres humanos invisibles, unos fantasmas.

Los usaron y ahora los están buscando para matarlos…

Pero muy tarde descubrirán que nunca debieron subestimarlos.

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Andrés Ramírez

«Desde la primera página, es un libro que te sumerge en su relato; la descripción hace que con cada palabra la acción se recreé en la mente y la intriga de sus personajes hace que no quieras parar de leer».

Carlos Barbosa

«Me complace mucho haberlo leído, realmente cautivador, divertido, armado de tal forma que la lectura presenta diferentes situaciones; me gustó mucho. Felicitaciones, me gustó».

José Antonio Palacio C.

«Una hermosa y fascinante historia de acción, intriga y misterio. Impactante novela que refleja el resultado de consecuencias del pasado. Excelente relato».
Capítulo uno

El hombre de la moto vio la foto que le habían mandado al celular y comprobó que la cara correspondía a la del hombre que estaba a unos cinco metros frente a él, justo al otro lado de la calle.

No miró el nombre que había debajo de la foto, ese era un dato que no le importada. Era algo que dentro de poco serviría únicamente para engrosar las estadísticas de los fallecidos «por causas violentas».

El objetivo no se había percatado de su presencia. No tenía por qué hacerlo. Se encontraba charlando de manera despreocupada con otros dos hombres en la esquina suroriental de la Calle 68 con la Avenida Rojas.

El hombre guardó el celular y se acomodó en la motocicleta, bajó la visera del casco, se enfundó los guantes y se dispuso a esperar. Esa noche no tenía afán. Aquél era el único trabajo que le habían encargado hasta ese momento.

Se encontraba en el costado sur de las rejas que bordean el busto del general Rojas Pinilla. Se giró y levantó la vista para mirarle la cara. No le pareció nada del otro mundo. Solo era otra cara más de un hombre muerto. De esas había visto muchas y no se acordaba de ninguna. Bueno, tal vez la de su padrastro, el primer tipo al que mató. Era la única de la que se acordaba porque le gustaba hacerlo. Le daba satisfacción. Le recordaba el poder que sintió en ese momento y la sensación de alegría que le produjo el ver ahogándose en su propia sangre al hombre que había matado a su madre a punta de trompadas.

Se levantó el casco y lanzó un escupitajo a la base del monumento.

Se caló de nuevo el casco, se abrochó la correa de seguridad y se preparó para seguir a su presa.

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