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CAPÍTULO UNO

Ángel no supo en qué momento le habían pegado el tiro ni por dónde había entrado la bala, pero cuando sintió que algo tibio le resbalaba por el pecho supo que ese día se iba a morir.

Bajó la mirada y vio cómo iba creciendo la mancha oscura que le empapaba la camisa, pero no tuvo tiempo de detenerse a pensar. Un hombre gritó a los lejos «lo tengo», y una segunda bala se incrustó en un árbol haciendo volar astillas sobre su cabeza. Se agachó en un acto reflejo y brincó a la derecha tratando de no ser un blanco fácil. Así continuó corriendo, ocultándose detrás de los árboles, buscando refugio en las sombras.

Hacía frío, y el vapor caliente que salía de su boca se convertía en neblina por la humedad del bosque. Mientras corría, miraba hacia todas partes, buscando cualquier leve señal que le indicara en dónde se encontraba o hacia dónde estaba el lugar en el que había acordado la entrega, pero el miedo y la desesperación le habían hecho perder su ubicación. Además, la oscuridad era casi total y la espesura del bosque en el que se encontraba impedía cualquier forma de orientación.

Siguió corriendo. Era lo único que le quedaba por hacer. No tenía idea de en dónde se encontraban sus perseguidores ni la distancia que lo separaba de ellos, pero sabía que no estaban muy lejos.

El corazón le latía más de lo que él quería, porque con cada latido la mancha oscura crecía más, pero no podía hacer nada al respecto. Sabía que era una presa y que lo iban a cazar.

Llegó a un pequeño escampado y notó que al otro lado se podía entrever la silueta de un sendero estrecho. Corrió y se internó en él sin pensarlo dos veces, con tan mala suerte que tropezó con la rama de un tronco seco que sobresalía del suelo. El golpe en la espinilla le nubló la visión por un segundo y cayó sobre la hojarasca, raspándose la cara y las palmas de las manos con la corteza áspera de un ciprés. Se levantó lo más rápido que pudo y miró a todos lados, tratando de ubicarse. En ese momento escuchó el sonido de un pequeño riachuelo que corría no muy lejos de allí. Una pequeña luz de esperanza titiló de nuevo en su espíritu cansado. Aquel era un punto de referencia que le podría servir para llegar a su destino.

Avanzó unos metros y se encontró en un nuevo claro del bosque. Al fondo, unos pocos metros más allá, al final de un pequeño descenso, descubrió las aguas de un tranquilo arroyo que discurrían suavemente hacia la derecha.

Dio tres pasos en su dirección, pero de repente se detuvo. Un extraño presentimiento lo hizo mirar hacia atrás. Mejor no lo hubiera hecho. La sangre se le congeló en las venas cuando descubrió a uno de sus perseguidores parado en la boca del sendero.

Vio cómo el hombre, sin decirle nada, se plantaba con las piernas abiertas y los brazos extendidos, sujetando la pistola con ambas manos. Lo hizo con calma, como si estuviera practicando tiro al blanco. Luego cerró un ojo, apunto y disparó.

Esta vez sí sintió el impacto de la bala cuando le rompió el hombro derecho y lo hizo dar un brinco hacia atrás al tiempo que lo hacía dar un giro completo y oía la risotada del hombre a su espalda. Una explosión de adrenalina le estalló en el pecho. Tenía que correr, tenía que huir, tenía que alejarse de allí, tenía que mandar la foto antes de que ellos lo atraparan. No podía permitir que todo fuera en vano.

Quiso que las piernas le respondieran mejor, pero le faltaba el aire. Aspiró lo que más pudo con la boca abierta y sintió como si en lugar de oxígeno estuviera aspirando pompas de jabón. Un gorgoteo extraño le brotó de la garganta. Tragó para que le pasara el aire y empezó a tratar de alejarse de su perseguidor. Tenía que llegar, después ya nada importaría.

La vista comenzó a nublársele por momentos, y en medio de cada abrir y cerrar de ojos comenzó a recordar, como si fueran retazos de una película vieja, los eventos que lo habían llevado a esa situación.

Recordó sus deseos de ser un periodista famoso, uno de esos de los que todo el mundo habla y, más que eso, de los que todo el mundo respeta. Recordó cómo se había enterado de lo que iba a pasar esa noche, de cómo se había enamorado de la mujer que le había dado todos los datos. Recordarla en ese momento le dolió más que las heridas de bala. Sonrió, quién iba a pensar que antes de morirse uno se volvía cursi.

Recordó que aquella noche la oscuridad había llegado más temprano que de costumbre, quizás por las nubes negras que habían aparecido de repente, como presagiando una tormenta (a veces la naturaleza tiene un humor muy negro).

Él había llegado pasadas las seis de la tarde a los alrededores de la casa de campo en donde se estaba llevando a cabo la reunión que quería documentar. Era una casa de estilo campestre, como casi todas las de aquella zona, pero la pared de piedra de unos dos metros de altura que la rodeaba la hacía diferente a las demás. Solo se podía acceder a ella a través un enorme portón de gruesas láminas de metal negro.

Luego de su inspección se había dado cuenta de que la única oportunidad que tenía de poder ver lo que pasaba en el interior de aquella casa, en donde unos peces muy gordos estaban tramando algo todavía más gordo, sería subiéndose al único árbol que colindaba con la pared posterior. Algo que resultaba paradójico teniendo en cuenta que la casa se encontraba en medio del bosque. Con todo, aquél árbol había sido el único que había quedado en pie cuando, alrededor de la pared, y como si ella no fuera suficiente protección, habían establecido un perímetro rocoso que hacía las veces de foso.

Apenas empezó a trepar el árbol se dio cuenta de que tal vez aquella idea no era muy buena, porque las ramas no parecían lo suficientemente fuertes para sostenerlo. Sin embargo, sabía que si no lo hacía no tendría cómo más enterarse de lo que estaban tramando aquellos personajes. No había vuelta atrás. Una noticia como aquella no la volvería a tener al alcance de la mano en mucho tiempo, si era que la tenía.

Cuando iba a cambiar al modo video en la cámara de última generación que ella le había escogido para documentar aquella reunión, vio salir al patio posterior a un hombre vestido de negro y con un corte de pelo de estilo militar. Detrás de él apareció un segundo personaje, al que reconoció de inmediato y, detrás de este, a dos más. Uno de ellos era delgado y vestía un traje gris, el otro era gordo y llevaba una chaqueta de cuero negra. Estos últimos traían a otros dos casi a rastras mientras los apuntaban con sus armas. Cuando el primer hombre se detuvo, el flaco y el gordo hicieron arrodillar a los otros dos en medio de la amplia explanada al frente de la casa.

Ángel sintió cómo los vellos de la nuca se le erizaron cuando los dos hombres sacaron sus armas y le apuntaron a la cabeza a los que acababan de traer. Todo esto sucedía ante la mirada impasible del primero que había aparecido y que, él lo sabía, era el artífice de todo aquello.

Con manos temblorosas, sujetó la cámara para cambiar la configuración. Tenía que darse prisa, pero no tuvo tiempo de hacer nada, porque cuando se disponía a girar el interruptor, vio cómo el flaco le disparaba en la nuca al primero de los que habían obligado a arrodillarse y este caía al suelo convertido en un guiñapo.

Ese fue el momento que lo cambió todo. Ahí había empezado la cuenta regresiva hacia su propia muerte.

Tal vez fue el sonido del disparo, quizá el simple hecho de ver morir a un hombre frente a sus ojos, o acaso fue una mezcla de todo eso al mismo tiempo, pero su cuerpo entero se tensó por completo, lo que hizo que su dedo actuara por instinto y pulsara el obturador de la cámara con tan mala fortuna que, debido a la poca iluminación del lugar y porque tampoco había tenido la prevención de configurar el flash en modo manual, este se disparara de manera automática y relampagueara con el estallido de una fiesta de fuegos artificiales ante los ojos de los hombres de la casa.

No obstante, no todo fue en vano, porque la cámara captó el momento justo del segundo disparo. El que penetró en la parte posterior del cráneo del segundo hombre destrozando huesos y materia gris mientras traspasaba la cabeza y salía por la boca en medio de un estallido de humo y sangre.

Todo pasó al mismo tiempo. El fogonazo del disparo, el destello del flash y el crujido de la rama al romperse cuando Ángel, al tensar los músculos, le aplicó una presión más fuerte de la que esta podía soportar.

Cuando cayó del árbol soltó un grito al sentir cómo una de sus costillas crujía al romperse contra una de las piedras del suelo y, a pesar del dolor, atenazó la cámara con todas sus fuerzas. Tuvo que empeñar toda su voluntad y su coraje para levantarse.

Un segundo después alcanzó a escuchar la voz, fácilmente reconocible, del jefe de aquellos asesinos cuando gritaba al otro lado del muro: «vayan por ese hijo de puta y mátenlo».

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